Liturgia de la semana

LECTURAS PARA PARA EL DOMINGO DE RAMOS (16/03/08)

 

1ª Lectura (Is 50, 4-7)

Lectura del libro del profeta Isaías.

En aquel entonces, dijo Isaías: "El Señor me ha dado una lengua experta, para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento. Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo. El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos. Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado". Palabra de Dios

A. Te alabamos, Señor.

 

Salmo responsorial (21)

R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

L. Todos los que me ven, de mí se burlan; me hacen gestos y dicen: "Confiaba en el Señor, pues que él lo salve; si de veras lo ama, que lo libre". /R.

L. Los malvados me cercan por doquiera como rabiosos perros. Mis manos y mis pies han taladrado y se pueden contar todos mis huesos. /R.

L. Reparten entre sí mis vestiduras y se juegan mi túnica a los dados. Señor auxilio mío, ven y ayúdame, no te quedes de mí tan alejado. /R.

L. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alábenlo; glorifícalo, linaje de Jacob; témelo, estirpe de Israel. /R.

 

2ª Lectura (Flp 2, 6-11)

Lectura de la Carta del apóstol San Pablo a los Filipenses

Hermanos: Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó de sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Palabra de Dios.

A. Te alabamos, Señor.

 

Aclamación antes del Evangelio (Flp 2, 8-9)

R. Honor y gloria a Ti, Señor Jesús.

Cristo se humilló por nosotros y por obediencia aceptó incluso la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre.

R. Honor y gloria a Ti, Señor Jesús.

 

Evangelio (Mt 26, 14-27, 66)

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

A. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.

El primer día de la fiesta de los panes asimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” El respondió: “vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘el Maestro dice: mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’”. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua. Al atardecer, se sentó a la mesa con los doce y mientras cenaban les dijo: “Yo les aseguro que uno de ustedes, va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿acaso soy yo, Señor?” El respondió: “el que moja su pan en el mismo plato que Yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de El; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado ¡Más le valiera a ese hombre no haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo Maestro?” Jesús le respondió: “tú lo has dicho”.

Durante la cena, Jesús tomó un pan, y pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:“tomen y coman, esto es mi cuerpo”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo: “beban todos de ella, porque ésta es mi sangre, sangre de la Nueva Alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre”.

Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo:“todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después de que Yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea”. Entonces Pedro le replicó: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”. Jesús le dijo: “Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces”. Pedro le replicó: “aunque tenga que morir contigo, no te negaré”. Y lo mismo dijeron todos los discípulos.

Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos: “quédense aquí mientras Yo voy a orar más allá”. Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: “mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo”. Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como Yo quiero, sino como quieres Tú”.

Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: “¿no han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que Yo lo beba, hágase tu voluntad”. Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo: “Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal: “aquel a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo”. Al instante se acercó a Jesús y le dijo: “¡buenas noches, Maestro!” Y lo besó. Jesús le dijo: “amigo, ¿es esto a lo que has venido?” Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron. Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús: “vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si Yo se lo pidiera a mi Padre, El pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, que dicen que así debe suceder?” Enseguida dijo Jesús a aquella chusma: “¿han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días Yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas”.

Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron: “este dijo: ‘puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’”. Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo: “¿no respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?” Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo: “te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Jesús le respondió: “tú lo has dicho. Además, Yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo”. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?” Ellos respondieron: “es reo de muerte”. Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban diciendo: “adivina quién es el que te ha pegado”.

Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo: “tú también estabas con Jesús, el galileo”. Pero él lo negó ante todos, diciendo: “no sé de qué me estás hablando”. Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban ahí: “también ése andaba con Jesús, el nazareno”. El de nuevo lo negó con juramento: “no conozco a ese hombre”. Poco después se acercaron a Pedro los que estaban ahí y le dijeron: “no cabe duda de que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata”. Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar: “no conozco a ese hombre”. Y en aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: ‘antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces’. Y saliendo de ahí se soltó a llorar amargamente.

Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron. Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los anciano, diciendo: “pequé, entregando la sangre de un inocente”. Ellos dijeron: “¿y a nosotros qué nos importa? Allá tú”. Entonces Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron: “no es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre”. Después de deliberar, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultar ahí a los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy “Campo de sangre”. Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: “tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor”.

Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó: “¿eres tú el Rey de los Judíos?” Jesús respondió: “tú lo has dicho”. Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato: “¿no oyes todo lo que dicen contra ti?” Pero El nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los ahí reunidos: “¿a quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?” Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia. Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle: “no te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”. Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó: “¿a cuál de los dos quieren que les suelte?”, ellos respondieron: “a Barrabás”. Pilato les dijo: “y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?” respondieron todos: “crucifícalo”, Pilato preguntó: “pero, ¿qué mal ha hecho?” Más ellos seguían gritando cada vez con más fuerza: “crucifícalo”. Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: “yo no me hago responsable de la muerte de esta hombre justo, allá ustedes”. Todo el pueblo respondió: “¡que su sangra caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”. Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de El a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha, y arrodillándose ante El, se burlaban diciendo: “¡viva el rey de los judíos!”, y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de El, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; El lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: ¡este es Jesús, el rey de los judíos! Juntamente con El, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole: “tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”. También se burlaban de El los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo: “ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en El. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues El ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’”. Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz: “Elí, Elí, ¿lamá sabaktaní?”, que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Está llamando a Elías”. Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron: “déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo”. Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró… Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.

Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos del Zebedeo. Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró. Estaban ahí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro. Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron: “señor, nos hemos acordado de que este impostor, estando aún en vida, dijo: ‘a los tres días resucitaré’. Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: ‘resucitó de entre los muertos’, porque esta última impostura sería peor que la primera”. Pilato les dijo: “tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran”. Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron ahí la guardia. Palabra del Señor.

A. Gloria a ti Señor Jesús.

HOMILIAS PARA PARA EL DOMINGO DE RAMOS (16/03/08)

 

Mateo 26, 14-27, 66

Caravaggio 1573-1610 - Arresto de Jesús 1598 - Dublin

 

El domingo de Ramos, comienzo de la Semana Santa, nos introduce a la meditación de la Pasión del Señor, que ha de ocupar nuestro corazón, durante todos estos días, y ojalá siempre estuviera presente en nosotros para darnos cuenta del gran amor que Jesús nos tiene. El mismo había afirmado: “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”. En su muerte está nuestra salvación. Es necesario considerar esta Pasión de Jesús en todos sus pormenores, para darnos cuenta de su gran entrega, de cómo su amor es sin límite.

 

Los hechos son tan fuertes, que todas las palabras suenan a hueco, son completamente insuficientes para expresar la tragedia del Hijo de Dios asesinado por los hombres y con todas las formas de la crueldad que el odio suscita. Y todo ocurre por el extremado amor de una persona, única en el mundo, que asumió sobre sí las maldades y las perversiones de todos los hombres, para declararnos libres y salvos por la acción de la gracia, para darnos a nosotros una firme esperanza. Todas las palabras con las que queramos expresar esta salvación, carecen de fuerza suficiente, todas las metas a que uno podría aspirar han quedado sobrepasadas, porque aquí la realidad es más grande que toda fantasía. Y sin embargo todo esto es real.

 

Es importante centrarnos en la maldad de los hombres que realizaron la locura de la condena a muerte del Hijo de Dios, porque seguramente será un espejo de nuestras propias maldades; no fueron ellos solos, entre todos lo hemos matado. La falta de fe de los jefes de los judíos fue la que comenzó todo. Una falta de fe que algunos, demasiado razonables, podrían justificar diciendo que era tremendo lo que ese nuevo predicador pretendía, y que además venía a desestabilizar el orden religioso y civil ya consolidado en su pueblo. Nos cuesta mucho trabajo aceptar transformaciones que retan nuestra comodidad, que nos hacen sentir incómodos porque tenemos que adoptar decisiones nuevas.

 

Pero es que en verdad el mensaje era una amenaza: todo el mensaje de Jesús era un verdadero reto a la juiciosa (pero mezquina) inteligencia de los judíos: que había que amar al enemigo (¡a quién se le ocurre!), que los pecadores les precederían a ellos en el Reino de los cielos (¡qué injusticia!), que este carpintero de Nazareth era el Hijo de Dios (¡qué  blasfemia!). Esta doctrina y a su autor hay que erradicarlos. Así pensaron los “sabios” jueces de Israel. Y uno debe preguntarse si cree en esos fuertes mensajes de Jesús más que lo judíos: ¿yo creo que el amor debe abarcar incluso a los que me hacen mal? ¿Yo acepto que muchos de mis juicios sobre buenos y malos está completamente equivocados? ¿Yo doblo mi rodilla ante el Hijo de Dios y le entrego mi vida?

 

Y una vez admitida la necesidad de la muerte de Jesús ya eran lícitas todas las crueldades y todas las mentiras. Era lícito humillarlo en forma indignante, escupirlo, golpearlo, entregarlo a personas crueles, como objeto de su violencia y de su furia: ya no importa convertirlo en juguete de pasiones, porque ha perdido el derecho a ser persona. El que se había despojado de todo para ser un hombre entre los hombres, es rechazado como indigno de pertenecer a la raza humana.

 

Y, como es absolutamente cierto que merece la muerte (según el prejuicio de sus acusadores), es lícito construir acusaciones, para lograr esa condena: ya se pueden falsificar testimonios, cuando los que han sido dados no bastan para fundamentar la sentencia, es lícito tergiversar las afirmaciones del reo, para que aparezca con nitidez su culpabilidad y el peligro que acarrea su doctrina, es lícito llevarlo al procurador romano y fabricar una nueva acusación maquillada para la ocasión, a fin de que no se les escape el criminal, y es lícito manipular al pueblo, y renegar y jurar, para obtener la meta propuesta: la destrucción de Jesucristo. Cómo se parece este proceso a tantas tragedias de inocentes falsamente acusados. Jesús es inocente, pero su suerte está echada.

 

De lo que no se dan cuenta sus acusadores y sus jueces, es de lo que sucede en el Corazón de Jesús, de lo que ocurre entre el cielo y la tierra. Cada paso que se da para que llegue hasta la muerte, es un paso decisivo que Jesús da hacia nosotros, es un paso que le hace entrar en el océano insondable del amor por nosotros. Cuando lo toman preso, dice que nos quiere, y que desea ir más allá, y cuando lo juzgan inicuamente, confiesa que aún nos ama más (si esto fuera posible), y cuando lo golpean, y cuando le escupen, y cuando le cargan la cruz, y cuando le estiran los brazos en el madero, y cuando le clavan los clavos; en cada momento de esos El está diciéndome interiormente que me ama sin límites y sin condiciones, y que por amarme es bueno padecer todos esos sufrimientos.

 

Sin esta consideración, toda la Pasión pierde sentido. Esto es en el fondo lo que está pasando: es la Pasión de un Hombre (Dios verdadero) que amó sin medida a sus hermanos y que por ellos fue capaz de dar todo lo que era y todo lo que tenía.