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Conversación con el Padre Adolfo
Nicolás
Padre General de la Compañía de
Jesús
Trascripción de una conversación del Padre General con Tom Rochford,
Pierre Bélanger y Dani Villanueva, equipo de comunicación de la
Congregación General 35, el domingo 10 de febrero de 2008.
Padre General, muchas gracias por dedicarnos este tiempo.
Antes de tener ninguna entrevista con la
prensa, quisiera hablar de forma más personal a todos los Jesuitas
distribuidos por el mundo, y a los amigos y amigas de la gran
familia ignaciana. Según hablo con vosotros tres estoy imaginando a
la Compañía universal y a quienes trabajan con nosotros. Ojalá con
esta conversación pueda hacerme un poco más cercano a todos y todas.
Háblenos
acerca de su familia, en lo que sea relevante para entender quién es
usted, y quizá, lo primero de todo, entender su vocación.
Efectivamente, pienso que mi niñez tiene mucho
que ver con quién soy hoy. Nací en Palencia en Abril del 1936,
inmediatamente antes de la Guerra Civil española. En aquellos años
había conflictos y confusión en el país. Se estaban formando bandos
y mi padre era una persona influyente en mi pueblo. Mi familia
mantenía posiciones católicas muy definidas y mi padre recibió
amenazas desde una aldea vecina. Su hermano le avisó “esta noche van
a por ti,” y justo antes de nacer yo, mi padre tuvo que escapar.
Desde aquel momento empezaron los continuos traslados.
Mi niñez ha estado marcada por los
desplazamientos. Nos movíamos de una a otra ciudad siguiendo los
destinos de mi padre. Mi hermano nació en Santander, y luego hemos
vivido en Lugo, Coruña y finalmente en Barcelona, donde me crié
realmente de los 4 a los 13 años. Mi estancia en esta ciudad y el
hecho de estar siempre en movimiento me han influido mucho. Como
dato, os diré que antes de llegar a la universidad he estado en
siete colegios distintos. Para un niño esto es una experiencia muy
dura, hacer amigos y dejarlos una y otra vez… Al final resultó ser
una bendición. En Japón cada seis meses me movía de una comunidad a
otra, y es cuando mi experiencia de juventud se transformó en
habilidad en el encuentro con nueva gente, creación de contactos,
etc… Esto es muy importante para la vida de un misionero. He tenido
que viajar frecuentemente en el sudoeste asiático: diferentes
países, lugares, comunidades… y mi experiencia pasada me ha hecho
mucho bien en este sentido. Lo que fue dolor en mi infancia, resultó
una bendición para el futuro.
Otro aspecto interesante es el hecho de que he
nacido en una familia trabajadora, en un pequeño pueblo. Esto me ha
dado una gran sensibilidad hacia lo sencillo, que no siempre he
sabido apreciar. Me encantan las relaciones sencillas, la vida
sencilla, y la gente no muy sofisticada. A pesar de haber vivido más
tarde en ciudades como Barcelona y Madrid, la sencillez de mi pueblo
siempre ha sido clave para mí: los cielos abiertos de Castilla, los
anchos horizontes… Hay algo que me llama y me motiva en esos cielos.
Mi hermano mayor ha escrito un poema titulado “Castilla,” donde
describe cómo los caminos van hacia el cielo. En Castilla abundan
los místicos, yo creo que debe ser por los cielos abiertos y esos
amplios horizontes.
Hace años, en
Japón, escribí un libro sobre la vida religiosa titulado “El
horizonte de la esperanza.” Me sorprendió mucho la portada que le
pusieron. Para mí el horizonte era como los de mi juventud: de gran
amplitud, donde puedes ver largas distancias. Pero en Japón pusieron
una foto en la que la vista sólo llegaba a un grupo de árboles en
primer plano. Este es el tipo de horizonte que tienen allí, sin
espacio para ver a grandes distancias, con algo siempre delante de
tus ojos. Ahí empecé a darme cuenta de las distintas perspectivas.
También añadiría
que Castilla para mí no significa sólo amplios horizontes, sino
también franqueza, hablar directamente. No me gusta ir con cosas
ocultas o medias palabras. Prefiero claramente el lenguaje directo.
Japón me ha hecho gentil, respetuoso, pero siempre claro, de frente,
sin ocultar asuntos o dar demasiados rodeos.
Usted ha mencionado el carácter católico de su familia. ¿es esto
también algo que le ha influido a ser la persona que es hoy?
Ciertamente, y hay
dos aspectos a mencionar aquí. El ser católicos de mis padres era
una forma de catolicismo popular, que en Castilla era muy fuerte,
omnipresente, y tradicional. Pero el hecho de estar en constante
movimiento hizo a mis padres, especialmente a mi madre,
extremadamente flexibles. Ella siempre encontró la forma de
adaptarse a las diferentes situaciones de manera que al final de sus
días era una experta consejera. Nunca estudió nada tras la escuela
primaria, pero era la consejera de prácticamente toda la vecindad.
Los vecinos venían a menudo buscando su opinión y ella era siempre
abierta y flexible en su forma de acompañar a la gente.
Si les
preguntásemos a ella o a mi padre qué es lo que pensaban, sus
respuestas serían las clásicas del pensamiento católico tradicional.
Pero cuando la gente venía a ellos con sus problemas, entonces las
respuestas se abrían a multitud de posibilidades. Ellos conocían la
teoría, lo correcto, pero también tenían un enorme sentido de
adaptación y comprensión de las circunstancias concretas. Creo que
eso me ha influido mucho, especialmente cuando has de moverte en
otras culturas y te das cuenta de cómo la gente pasa por
experiencias totalmente distintas a las tuyas. Entonces es cuando
estás preparado para escuchar y entender no sólo las palabras sino
la “música” de la experiencia de los demás. Creo que mis padres me
han influido mucho. A menudo, cuando estudio el por qué de mi forma
de reaccionar y actuar ante determinadas situaciones, puedo
entenderme yendo a estos elementos de mi historia que os acabo de
contar.
También puedo
añadir algo de la influencia de mis hermanos. Somos cuatro varones y
yo soy el tercero. La relación entre nosotros es muy estrecha, pese
a ser muy distintos. El primero es un intelectual, un filósofo, y
vive en Estados Unidos. El segundo es un empleado de banco, con los
pies en la tierra, un hombre de gran sentido común, directo, muy
bueno y honesto. El último es el audaz, el intrépido, alguien lleno
de ideas e imaginación. El es psicólogo, profesor, y mucho más.
Mis hermanos me
han influido mucho. Mi hermano mayor, el más intelectual, a menudo
me ha ayudado, por ejemplo dándome muchas pistas cuando empecé a dar
clases. Él fue quien me introdujo en el mundo del simbolismo, el
lenguaje simbólico, Paul Ricoeur, etc… y ha sido de mucha ayuda
cuando empecé a enseñar escatología. ¿Cómo puedes explicar
escatología si no es de una forma simbólica?
El resto de mis
hermanos me han ayudado mucho a tener los pies en la tierra. Mi
segundo hermano y sus hijos también. Ellos conocen bien la vida real
y son grandes trabajadores. Cuando han pasado por momentos malos en
España, esto ha sido una gran lección para mí. Por ejemplo, me han
hecho reacio a usar un lenguaje muy espiritualista al hablar de la
vida religiosa. Cuando hablamos de pobreza, o de estilo de vida, etc…
mi familia me aterriza constantemente preguntando “¿qué es lo que
realmente quieres decir?” Así que no puedo sencillamente
espiritualizar algo que ha de comenzar con la realidad concreta.
Estoy muy agradecido a este tipo de trasfondo que me ha sido dado a
través de mi familia. Esto me ha hecho alguien realista, aterrizado,
me mantiene ligado a la realidad. Cuando hablo, a veces puedo
“volar” por cinco minutos, pero debo luego volver a tierra. Si no es
así, me siento extraño.
Todo
esto le llevó a la Compañía de Jesús. ¿Cómo fue su vocación de
jesuita y de misionero dentro de la Compañía de Jesús?
Hay una cosa de la
que cada vez estoy más convencido: la historia y la realidad son más
fuertes que las ideas. Y la historia nos fuerza a cambiar, a
abrirnos, a evolucionar, etc. En mi caso diría que me ocurrieron
cosas providenciales. Al principio, en Barcelona, no conocía a los
jesuitas, pero mi hermano mayor contactó con ellos y acabó entrando
en la Compañía (provincia Tarraconense). Fue a la India y enfermó.
Tuvo una crisis mientras estudiaba filosofía y dejó la Compañía.
Pero esto fue lo que me hizo entrar en contacto con los Jesuitas. Yo
estaba pensando en hacerme Hermano porque iba a una colegio de los
Hermanos de La Salle y me gustaba la educación, cómo nos trataban,
su simpatía y demás… ¡Pero mi hermano entró en contacto con los
jesuitas y aquello distrajo mi atención de los Hermanos! Y como la
Compañía también se dedicaba a la educación, me puse en contacto con
ellos.
Al poco tiempo mis
padres se trasladaron a Madrid y yo pude ir al colegio de los
jesuitas allí. Mi atención se centró en los jesuitas. Al final del
bachillerato, durante un retiro, decidí que hacerme jesuita era lo
mejor para mi vida.
Sobre el Japón, la
providencia y la historia se mezclan de nuevo. Nunca me presenté
voluntario para el Japón y no sabía demasiado sobre este país.
Cuando estaba en el juniorado el entonces Padre General Janssens
escribió una carta a toda la Compañía pidiendo voluntarios para
muchos sitios. Escribió: “se nos pide gente desde diversas partes
del mundo así que, los que sintáis la llamada, por favor ofreceros.”
Yo pensé: necesitan ayuda y soy jesuita. Me parecía obvio que ser
jesuita era una vocación universal y por lo tanto no era un jesuita
para España sino alguien dispuesto a ir a cualquier parte. Así que
me ofrecí diciendo: “Usted necesita gente, yo soy uno de ellos. Si
puedo ser de ayuda en algún sitio, iré.” Escribí aquello al
principio de los estudios de filosofía. Hay que decir que mi
provincial no estaba muy contento porque el tenía otros proyectos
para mí: ya me había designado para estudiar dos años de filosofía y
luego estudiar matemáticas para ser profesor en Madrid. Al cabo de
un mes me llamó y me dijo “usted ha escrito al Padre General
ofreciéndose para las misiones, pero aún está a tiempo de decir que
no.” Yo le contesté: “Me he ofrecido e iré.” Me preguntó: “¿Qué tal
le parece Japón?” Yo contesté: “Bien.”
Fue todo un reto.
Al abandonar su despacho pensé: “Japón… ¡eso quiere decir que me voy
a tener que pasar la vida estudiando!” La imagen que yo tenía de
Japón era de una cultura muy elevada, una lengua difícil, etc. Y
creo que estaba en lo cierto. ¡He tenido que estudiar toda mi vida!
Así que cambió
todo. Acabé la filosofía y orienté el resto de mi formación hacia el
Japón. Creo que no fue fortuito. Es una de esas cosas que pasan en
la historia pero que a posteriori se puede decir que fue la
mejor elección. Si yo hubiera tenido que escoger el lugar donde ser
misionero hubiera escogido América Latina, África u otros lugares
donde había más necesidades visibles, pero pensándolo bien fue la
mejor elección porque desde el principio me pareció que Japón y yo
encajábamos muy bien. Me sentí en casa con el japonés y la forma de
ser de los japoneses. Yo no soy el típico español espontáneo,
explosivo y todo eso. Soy una persona tranquila. Este modo de ser
iba muy bien en Japón y me encontré muy a gusto en todo momento.
¿Podría mencionar algunos aspectos de la Escritura o del
Evangelio que le sean especialmente significativos?
Me conmueven mucho
los textos de la Biblia que tocan tres aspectos:
El primero el
SERVICIO: por ejemplo cuando un siervo al final de la jornada no
espera que el Señor venga y le sirva sino que dice sencillamente:
“He hecho lo que se supone que debo hacer. Eso es todo.” La idea es
que no hay que montar mucho revuelo acerca de una vida de servicio.
Esto es lo normal en nuestra vocación. Por ello todas las parábolas
que tratan del significado del servicio, de la sencillez del
servicio, siempre me han tocado. No me gusta – y no quiero juzga a
nadie—cuando un religioso, jesuita o no, hablan de la vida religiosa
como una cruz, algo difícil con lo que hay que cargar o de las
dificultades de la vida religiosa y todo eso. Creo que la mayoría de
las veces no tiene sentido porque la gente casada tiene también
enormes problemas y dificultades, y la gente que lucha por ganarse
la vida de forma ordinaria, cargan con frecuencia con una gran dosis
de cruz. He visto gente luchando toda su vida, los inmigrantes por
ejemplo. Por ello poner de relieve o exagerar las dificultades de la
vida religiosa no tiene mucho sentido. Por eso creo en el servicio,
y en mi vocación como una vocación de servicio. Me gusta servir y
creo que es nuestra espiritualidad. Si llegamos a gozar de ser
sirvientes entonces tendremos alegría permanente. ¿Quién lo va a
impedir? Quien verdaderamente quiere entregase sirviendo no tiene
competencia. Así me toca la Escritura cuando habla de servicio.
El segundo aspecto
de la Escritura que me conmueve son los textos que hablan de VIDA EN
EL ESPÍRITU. Creo que Asia me ha ayudado mucho a descubrir esto. La
insistencia de la espiritualidad asiática, tanto la hindú como la
budista, en la interioridad, en esa paz que viene de dentro, que
rebosa, que te rodea… Esto suscita en mi una intensa imagen del
Espíritu como respuesta. No puedo entenderlo como alguien hablándome
al oído o cosas así, sino como el Espíritu de Dios que me llena, me
inspira, me alienta. Me gustan todas esas canciones sobre el
Espíritu como consolador, proveedor de auxilio, descanso; de verdad
siento que el Espíritu es inspirador para mí, para todos nosotros.
Lo tercero, y
supongo que es donde se puede identificar la influencia ignaciana
—aunque también del ambiente budista en el que he vivido tantos
años— son los textos de la Escritura sobre la INDIFERENCIA. Me han
inspirado desde el noviciado. “El que quiera ganar su vida la
perderá.” O “¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo si se
pierde a si mismo?” Ahí veo una total confluencia con el budismo.
El núcleo de la
espiritualidad budista es la indiferencia ante los resultados de tu
esfuerzo. Esto está lleno de sentido. No es indiferencia respecto a
las cosas: yo tengo apegos, me gusta la gente, me gustan las cosas,
me gusta trabajar, y muchas otras cosas. Pero uno ha de estar
indiferente ante lo que pase. Sería como la famosa frase atribuida a
San Ignacio: “Trabaja como si todo dependiera de ti sabiendo que
todo depende de Dios.” Se trata de la indiferencia: haz las cosas lo
mejor que puedas, pero recuerda que eres sólo un siervo, así que
deja que las cosas fructifiquen por si mismas. Deja a Dios hacer su
trabajo.
Cuando veo
versículos sobre esto en el Evangelio me afecta muy profundamente…
Probablemente sea el Espíritu. A lo mejor es porque me apego con
facilidad.
Cuando
usted fue elegido General, uno de los principales aspectos que se
mencionó fue el hecho que usted había vivido muchos años en Asia.
¿Podría decirnos si después de tantos años en Asia, usted se siente
más asiático que europeo?
Me he preguntado
lo mismo algunas veces. Una respuesta honesta, pienso, sería decir
que no soy ni asiático ni europeo. Ni uno ni lo otro. En Asia, estoy
convencido, no soy un asiático y nunca podré reclamar ser un
asiático. Ser algo significa adentrarse verdaderamente en nuestro
ser. Pero en Europa, soy consciente de que tampoco soy europeo. Esto
no es sólo porque me haya movido y vivido mucho tiempo en otro
lugar, o porque no haya seguido de cerca las cosas que iban pasando
en España y en Europa, sino especialmente porque siento que he
cambiado en mi manera de sentir y de percibir el mundo.
Hace un par de
semanas dije a la prensa que me considero una persona en proceso.
Entonces, ¿quién soy? Soy alguien quien se va re-haciendo
constantemente. Y, espero seguir creciendo porque siento que siempre
estoy aprendiendo algo nuevo. En Japón aprendí de los japoneses; en
Corea, de los coreanos; en Filipinas, de los filipinos; y así
sucesivamente. Considero que mi identidad es ser libre, y yo me
siento un ser libre.
He visto a otros
en Asia –otros europeos por cierto– teniendo dificultades con su
identidad. Esto nunca ha sido un problema para mí porque yo no doy
mucha importancia al hecho de ser español, francés o japonés. Yo soy
quien soy. Mi identidad está definida por la comunicación con la
gente, por la manera como asumo las cosas. Entonces, me siento
cómodo volviendo a Roma tanto como lo estuve en Filipinas y en
Japón. Sé que nunca seré romano como sé que nunca seré completamente
japonés. No puedo decir a los japoneses: “miren, ¡yo conozco Japón!”
No. No importa cuanto tiempo vivas allá, hay profundidades que nunca
alcanzarás. Por tanto, me siento cómodo siendo solamente un ser en
constante cambio, en proceso; y espero continuar aprendiendo y
creciendo.
Esto confirma una de las características que hemos escuchado
sobre su persona: que es feliz, alegre, una persona con quien es
fácil de llevarse bien, y que da una gran impresión de serenidad.
¿Se ve usted reflejado en esto, o ha vivido momentos en que no fue
fácil sentir esa serenidad?
Sí. Ha habido
momentos difíciles en mi vida, personales e institucionales. En esos
momentos me ha ayudado mucho regresar a estos tres puntos de la
Biblia que acabo de mencionar, especialmente el vivir desde el
desprendimiento. Un par de veces he tenido crisis a causa de no
sentirme aceptado o incomprendido. Luego comprendí que esas crisis
fueron grandes oportunidades para crecer en libertad. Allí me di
cuenta que el objetivo real de mi vida no es complacer a otros.
Gracias a esto puedo ser libre. Cuando algo va bien y no hay
problema, todo es fácil. Pero, cuando algo no marcha, viene el
sufrimiento, los desafíos y las dificultades. Al final, uno se da
cuenta que esto también es una oportunidad para ir haciéndose libre,
para ir ganando espacios de libertad. Esto, me parece, es siempre
una bendición.
Así, uno se siente
en una posición en la cual no tiene nada que perder. El domingo
pasado, durante los últimos votos de dos compañeros jesuitas,
mencioné que la Compañía de Jesús insiste en pocos puntos, pero
esenciales. Por poner un ejemplo, cuando fui elegido P. General me
llevaron a la habitación de San Ignacio y me recordaron el tercer
grado de humildad. Eso son cosas maravillosas porque constituyen el
corazón de aquello que somos. Es allí donde se experimenta una
serenidad plena. ¿Quién podrá quitarte la alegría cuando ella no
depende ni del éxito, ni de aquello que otros piensen de ti? Eso sí,
esta libertad se gana a través de dificultades, nunca se tiene
fácilmente. A pesar de todo he de añadir honestamente que yo nunca
he tenido “dificultades extraordinarias.” No puedo reclamar actos
heroicos.
PARTE II. Los Jesuitas En Asia
La segunda parte de la conversación se centra en usted como
Jesuita en Asia. Usted fue profesor de teología. ¿Qué era lo que más
le interesó en este campo? ¿Cómo ha evolucionado ese interés a lo
largo del tiempo por el hecho de vivir en Asia?
Una vez más, la
historia marcó unas cuantas cosas. Empecé a dar clase por el final
¡tuve que enseñar escatología! Ese fue mi comienzo. Más adelante
impartí clases de Revelación. Fue realmente cautivador porque
encontré todas las cuestiones fundamentales y los problemas sobre
cómo acogemos la Revelación de Dios: no sólo cuestiones de cómo
entenderla, sino de cómo tenemos experiencia de ella. Abordar la
teología desde la experiencia religiosa y la espiritualidad fue
apasionante y me abrió a nuevas profundidades. La necesidad de
aprender lingüística, psicología y sociología de la experiencia
religiosa, me abrió a nuevas áreas fruto de la interdisciplinariedad
que exige este tipo de acercamiento. Disfruté mucho aquellos años,
preparando conferencias e impartiendo clases.
Más tarde sentí
que quizá en Asia lo que se necesitaba era una teología pastoral
antes que una teología sistemática especulativa. Siempre me pareció
fundamental el acercarse a la manera como la gente experimenta su
fe, cómo experimentan la comunidad, y cómo es su experiencia de
encuentro con Dios. Por eso siempre he estado muy interesado en las
cuestiones de la teología pastoral. También en esta ocasión la
historia jugó su papel: fui destinado al Instituto Pastoral de
Filipinas y para mi sorpresa descubrí que no tenían clase de
Sacramentos. Pensé que esto no tenía sentido cuando la mayoría de
los estudiantes (sacerdotes, catequistas, etc…) dedican el 80% de su
ocupación a los sacramentos. Como yo había estudiado simbología,
empecé a impartir clases de sacramentos y he continuado haciéndolo
hasta venir a Roma - de hecho este año se suponía que iba a impartir
un curso de sacramentos en el Instituto Pastoral. Me resultó
apasionante redescubrir esta dimensión pues los sacramentos habían
quedado reducidos, por factores históricos, a meros rituales, cuando
de hecho son la base de la espiritualidad de la vida Cristiana. En
momentos clave de la vida de la comunidad o de la persona hay
momentos de fuerte presencia de la Iglesia, intervenciones de gran
intensidad, – los sacramentos – que expresan la acción de Dios en
esa persona y en ese momento. Integrar la vida y los sacramentos ha
sido siempre una fuente de inspiración para mí. Los sacramentos
están enraizados en todos los aspectos de la vida humana: el
individuo, la sociedad, las relaciones humanas, la esperanza, las
luchas de la gente, incluso el humor.
Pienso que,
especialmente en contextos en los que la Iglesia es minoría, la
teología pastoral y una buena teología de los sacramentos que aúnen
vida y fe, son áreas de gran importancia. Cristología y eclesiología
completan el cuadro. Cuando el P. Provincial me dijo que me
preparara para ser profesor de teología, intenté “representar” (en
la tradición ignaciana consiste en traer un argumento contra la
proposición del Superior); le dije: “Creo que estoy más preparado
para el trabajo pastoral que en la teología”; pero él rápidamente me
respondió: “Exactamente, ¡necesitamos profesores de teología
preparados para el trabajo Pastoral!”. Así que no pude evadirme;
¡estaba atrapado!
Quizá
lo que usted ha vivido en Japón y Filipinas ha hecho crecer su
interés por el diálogo interreligioso. ¿Puede decirnos cómo y qué
descubrió en este campo?
En mi caso el
contacto diario ha sido más importante y ha influido más que otros
contactos de tipo más formal. Yo no he participado de manera muy
activa en encuentros académicos formales, pero he estado viviendo
siempre con no cristianos, trabajando y colaborado con ellos. Ahí es
donde percibo un reto y puede que los jesuitas no hayamos respondido
suficientemente. Cuando fui provincial, intenté transmitirlo a
nuestras comunidades de los colegios, donde sólo el 20% de los
profesores son católicos. Mi pregunta fue: ¿cómo nos relacionamos
con los profesores no cristianos? ¿Cuál es su motivación en la vida
y cuál es su fuente de inspiración? Nosotros no estamos
acostumbrados a ese tipo de diálogo en profundidad y ese es en el
que estoy más interesado: diálogo con las personas que encontramos.
Si busco
encuentros significativos en un nivel más oficial, para mí el más
inspirador fue en Filipinas. Me invitaron a una reunión en Marawi,
en Mindanao, una de las islas del sur de Filipinas. Al entrar en la
ciudad se puede leer un cartel: “La Ciudad Islámica de Marawi.” En
aquel tiempo tenían un obispo muy dialogante y en contacto con la
comunidad musulmana. Él organizó un simposio de académicos
musulmanes, con católicos y protestantes y allí estuvimos un
profesor musulmán de Egipto, otro de Indonesia, y algunos otros de
Filipinas también musulmanes; algunos protestantes, y por el lado
católico estábamos un sacerdote irlandés y yo. Fue muy significativo
descubrir grandes coincidencias en las raíces antropológicas de
nuestras confesiones. Me resultó curioso que la mayor dificultad
para el diálogo no procedía de los musulmanes, sino de nuestros
hermanos, otros Cristianos, quienes sentían que acercarnos a los
musulmanes era peligroso. El encuentro fue muy significativo y
encontré a los profesores egipcio e Indonesio muy cercanos a mí, en
sensibilidad, pensamiento y sentimiento religioso.
Cuéntenos sobre su experiencia en Japón con los inmigrantes. Al
terminar su periodo como Provincial del Japón usted decidió hacer
algo con una mayor orientación social. ¿Cómo ha vivido esta
orientación a la justicia social que ha sido tan importante para la
Compañía de Jesús desde algún tiempo atrás?
Siempre he estado
interesado en el trabajo social. En mi segundo año como Provincial
del Japón tuvieron que hacer obras en nuestra casa y tuve la
oportunidad de moverme del centro de Tokio. Me fui a vivir con el
director del Centro Social que tenemos en uno de los barrios
marginales de la ciudad. Él vivía sólo en un pequeño apartamento y
me fui a vivir con él, teniendo que ir y venir al centro todos los
días durante cuatro años. Fue una gran experiencia para mí.
Los domingos,
cuando estaba libre, ayudaba en la parroquia. Ahí entré en contacto
con los inmigrantes y las dificultades de su día a día. Incluso
pensé en abrir un centro para el cuidado de los inmigrantes, pero la
diócesis de Tokio abrió un centro pastoral y nos pidieron ayuda. El
nuevo provincial estaba a punto de destinarme y le dije: “Tú decides
mi futuro, pero la diócesis está pidiendo ayuda en el centro para
inmigrantes. Nosotros deberíamos hacer algo al respecto, pero ¿para
qué abrir otro centro si la diócesis lo está haciendo ya?” El
provincial estuvo de acuerdo y en aquel centro disfruté de cuatro
intensos años de trabajo. Mi gran pasión en esa época fue el trabajo
pastoral, acompañar a la gente de varias maneras y por otro lado
organizar el centro y planificar su trabajo pastoral.
Esta experiencia también le dio una relación más directa con la
dimensión de promoción de la justicia como parte de la vida del
jesuita, en gran sintonía los énfasis del Padre Arrupe.
Creo que el Padre
Arrupe tuvo una maravillosa intuición: el contacto directo con la
gente y el trabajo por la justicia nos puede enseñar mucho y hacer
mejores religiosos. Es importante porque la gente con la que
trabajamos nos da un fuerte sentido de la realidad y ahí es donde
debe de ser cotejada cualquier cosa que digamos o proclamemos. En
aquel centro atendíamos a todo tipo de gente, personas con fe,
cualquiera que esta sea. Ésta es la realidad que nos pone a prueba,
no sólo a nosotros, sino también a nuestra espiritualidad, incluso a
nuestra fe.
Allí entendí por
qué algunas personas sin una formación teológica o una educación
formal tienen un profundo contacto con Dios. Siempre me ha
impresionado esto, y yo mismo desearía tener esa familiaridad, esa
facilidad para relacionarme con Dios. Ahí ha habido siempre un reto
para la comunidad católica japonesa, que ve con asombro la
familiaridad de los más pobres con el mundo religioso. Esto
contrasta en gran medida con la tradición budista o confucionista,
tendente a maneras muy formales en los espacios sagrados. La Iglesia
Japonesa tiene un rostro muy serio, muy marcado por la limpieza y la
pureza.
Los filipinos, sin
embargo, van a la iglesia como si ésta fuera una extensión de sus
hogares. Allá se sienten totalmente en casa, hablan unos con otros y
se sienten felices estando delante de Dios. Cantan, bailan, y los
niños juegan y corren alrededor. Esto resulta chocante para muchos
japoneses, pero empiezan a intuir la fuerza de esta experiencia de
Dios en la que la Iglesia es fuente de gozo y esperanza para
personas que están teniendo grandes dificultades. Esto abre los
ojos, y no sólo a los japoneses. Yo me pregunto muchas veces “¿Dónde
encontramos nuestros gozos?” creo que a veces tenemos gozos muy
caros, mientras la vida nos muestra como esta gente encuentra gozos
sencillos que realmente llenan de esperanza. Esta realidad siempre
confronta y es de gran ayuda para la vida espiritual, pues la hace
más realista, concreta, con los pies en la tierra, y muy centrada en
las relaciones personales.
Imaginamos que con los años usted ha tenido la oportunidad de
encontrarse con distintos jesuitas de todas las edades. ¿Cómo cree
que su experiencia le ayudará en este sentido para su nuevo cargo?
¿cómo es en concreto su relación con los jesuitas de las
generaciones más jóvenes?
Siempre he estado
con jesuitas jóvenes, porque he enseñado teología a nuestros
escolares. Me siento muy a gusto con ellos, y no sólo a gusto sino
que disfruto la vitalidad y las ideas, la imaginación, toda la
creatividad de la gente joven. Durante los años en los que yo
trabajaba con inmigrantes, los jesuitas jóvenes estaban muy
interesados y nos visitaban a menudo. Incluso algunos escolares
pedían vivir en nuestra casa durante algunas semanas, y para ellos
era una oportunidad de conocer la situación y cambiar el modo de ver
la vida. Recuerdo un escolar japonés que estuvo con nosotros durante
un tiempo, metido de lleno en un mundo que realmente desconocía. En
aquel barrio todo el mundo sabía de los otros, y en la evaluación
final el escolar dijo: "lo que más me sorprendió es que en las
calles la gente me miraba fijamente porque no me conocían!" Un
japonés estaba sorprendiéndose de un contexto japonés que era
distinto del suyo conocido, en el cual el nivel de relación personal
era mucho más intenso de lo habitual. Eso fue muy interesante.
Después, como
Moderador en Manila, mi oficina estaba cerca de la casa de formación
y me relacionaba con los escolares bastante a menudo. Solía ir a
comer con ellos cada semana y ellos también venían con bastante
frecuencia a consultarme cosas o a charlar. Sí, siempre he estado
muy cercano de los jóvenes.
Y este trabajo específico de moderador de la Conferencia de
Provinciales Jesuitas en Asia Oriental y Oceanía, ¿cómo le ha
preparado para su nuevas responsabilidades como Superior General?
Algo que he
aprendido, y que creo que mencioné en el aula de la Congregación, es
que si hay buenos provinciales el trabajo va de maravilla. Creo que
en esto he sido muy agraciado, pues el actual equipo de provinciales
y superiores mayores es excelente. Son colaboradores, abiertos,
sintiéndose solidarios unos con otros, ayudándose mutuamente. Cuando
teníamos un problema, simplemente se lo comunicaba abiertamente. Una
vez escribí una carta diciendo: "Tal región tiene ahora un déficit y
pasan por apuros, así que ¿pueden ustedes ayudar? Necesitan tanto
dinero". ¡En menos de dos semanas me habían llegado sus respuestas y
tenía el dinero! En Timor necesitábamos una cantidad bastante grande
para comprar un terreno. Inmediatamente dos provincias que tenían
fondos se ofrecieron a ayudar, no como un préstamo sino como
donación. Lo mismo con Vietnam que está empezando a funcionar como
una provincia: ellos necesitaban formar un fondo para la formación e
inmediatamente tres provincias ayudaron. Cuando trabajas con gente
así, tu tarea es muy sencilla. Así que me ha resultado fácil
profundizar en el tipo de experiencia por el que ellos pasan y será
un reto para mí desde aquí: parte de mi trabajo será asegurar lo
mejor posible que tenemos la gente adecuada como provinciales o
superiores mayores, porque eso marca una auténtica diferencia. Así
uno no pierde tiempo en cosas secundarias ni problemas innecesarios.
Otra cosa que me
resultó muy útil, y espero poder aplicarlo al conjunto de la
Compañía, es el deseo de más comunicación entre las provincias.
Tradicionalmente las provincias están separadas por grandes muros,
cada una es una unidad independiente, y aquellos que están en una
provincia no saben nada sobre la que está al lado. Esos muros altos
y sólidos son los que ahora queremos hacer porosos y transparentes.
Por ejemplo estamos compartiendo las cuentas de todas las provincias
en nuestra región y todos los provinciales saben donde está el
dinero. Esto hace a todo el mundo vulnerable. También compartimos
los informes anuales escritos a Roma una vez que son eliminadas
todas las cuestiones confidenciales. Este tipo de dinámicas pueden
marcar una gran diferencia. En el aula de la Congregación ya mostré
el deseo de aumentar ese tipo de comunicación en la Compañía. Pienso
que este tipo de apertura nos puede ayudar a ser más universales. En
un mundo globalizado la información es un aspecto clave, por eso
cuanto más sepamos unos de otros, más podremos cooperar, discernir
juntos y ayudarnos mutuamente.
PARTE III. La Nueva Vida Como General
Eso nos lleva a la pregunta sobre su nueva vida como Superior
General de la Compañía de Jesús. Tras la elección ha aparecido con
fuerza la inquietud sobre su edad. ¿Cuáles cree que son las ventajas
y desventajas de tomar la responsabilidad de liderar a la Compañía
en este momento de su vida?
Durante el período
de discernimiento (murmuratio), cuando los electores estaban
conversando entre sí sobre la persona más apta para ser nuestro
próximo General, comencé a preocuparme seriamente cuando, hacia el
tercer día, eran muchos los que me preguntaban sobre mi salud. Nunca
antes había tenido tantos jesuitas preocupados por mi salud. Por
supuesto, la pregunta tenía que ver con la edad. Estaban
preocupados.
Ahora, ¿cuáles son
las ventajas y desventajas? Las desventajas son claras: con la edad
viene también menos energía. Por ejemplo, aunque ahora todavía me
siento bastante cómodo para viajar, no sé cuanto viaje seré capaz de
hacer en los próximos años. Ésta es una desventaja. También,
naturalmente- y no quiero engañarme a mí mismo – mi capacidad de ser
imaginativo y creativo probablemente no será tan fresca como la de
los jóvenes. Éstas son desventajas obvias.
Pero hay ventajas.
Primero uno tiene más experiencia, es más realista, menos utópico, y
sabe un poco más lo que puede esperar y lo que no. Yo seguiré
esperando muchas cosas de los jesuitas, pero a mi edad uno ya es más
consciente de la debilidad humana. Puedes saber cuándo no exigir
demasiado, o no esperar demasiado de modo que no te desilusiones tan
a menudo. Puedes ver esto como ventajas.
Luego también, uno
sabe un poco más cómo manejar las cosas; no es un asunto de exigir o
no, se trata de facilitar la comunicación y permitir que las
personas sean más concientes de los problemas, de las necesidades,
del por qué de las exigencias. Por ejemplo, todo lo que está
ocurriendo sobre la ecología, no se resuelve exigiendo, sin
conciencia nada es posible. Hacer las cosas sólo por deber, porque
somos cristianos, o porque somos religiosos, no nos lleva muy lejos.
Pero si tomamos conciencia de las nuevas dimensiones de nuestro
mundo, entonces nos involucraremos. En este sentido, una edad
avanzada puede ayudar a reconocer que éste es el camino. Pero
veremos: depende también de cómo mi salud y mi nivel de energía
avancen. ¡La Congregación está arriesgándose conmigo!
¿Cuál
es su imagen del primer General de la Compañía de Jesús? ¿qué
aprecia especialmente en San Ignacio?
Lo que siempre he
admirado y encontrado muy atractivo en Ignacio es su profundidad, y
esto es algo que yo también espero para la Compañía. En cualquier
asunto en el que estemos, teológico o pastoral, personal o
administrativo, los jesuitas tenemos una vocación a la profundidad.
Ignacio fue hasta el fondo en su discernimiento, muy hondo dentro de
su personalidad, muy hondo en la espiritualidad, muy hondo en ayudar
a las personas y reconocer lo que ahí ayuda o no. Al mismo tiempo me
entusiasma su visión, muy amplia. ¡Profundidad y amplitud! Ambas
dimensiones están conectadas de modo que cuanto más hondo, más libre
se hace uno de sus límites inmediatos y más capaz es de mirar más
amplio. Otra cualidad de Ignacio que destacaría es la valentía para
comenzar nuevos proyectos. Todo esto es muy desafiante y atractivo,
admiro y aprecio mucho a Ignacio.
Sé que él fue
limitado y que probablemente cometió algunos errores en su forma de
proceder, especialmente en pequeñas cosas… Pero no hay manera de ir
tan hondo como él lo hizo. Y eso es siempre un desafío.
Dado que ambos dejaron España y emigraron rumbo a Asia. ¿Qué tan
grande es la influencia de Francisco Xavier en su vida?
Ciertamente
Francisco Xavier tiene una gran influencia en mí, pero mi relación
con él no ha sido del todo uniforme. Cuando yo era joven él era un
héroe, modelo a seguir por su entusiasmo, su fuego, sus sueños y su
apertura para ir a cualquier lugar del mundo. Recuerdo que disfruté
mucho de una obra dramática sobre su vida titulada “El Divino
Impaciente” escrita por José María Pemán.
Sólo después me di
cuenta de que su popularidad como santo no era tan universal como yo
pensaba. Él cometió grandes errores en la India, y las personas que
son conscientes de ello no le consideran un gran modelo para las
misiones. Esto es especialmente importante en Asia donde la gente es
muy sensible al diálogo, al respeto hacia el otro, etc. Allí comencé
a ver a Francisco Xavier con ojos críticos y fue entonces cuando
pienso que me mostró su grandeza, al descubrir al hombre en el que
se transformó en Japón.
Cuando Xavier
estaba en la India, no tenía ojos más que para su teología y su
particular escuela, pero cuando llegó a Japón se involucró con la
gente, y creo que esto es extremadamente importante. Allí conoció
verdaderamente a la gente y se dio cuenta de que sus formas no eran
del todo correctas. En Japón comenzó a escuchar, a respetar, a
admirar… y esto le transformó y cambió su manera de ser misionero,
iniciando un estilo que después adoptaron Valignano, Ricci y muchos
más. Francisco Xavier fue quien logró hacer ese cambio y pienso que
es en esa transformación en donde pude ver su grandeza, que hoy
sigue siendo una gran inspiración para mí. Así que no es el Xavier
fogoso quien más me inspira, sino aquel con la habilidad para
transformarse y cambiar. Aquel que dice: ¡Tengo que aprender!
Recuerdo una vez
que, en Japón, cuando estábamos organizando un congreso sobre
Francisco Xavier, tuvimos un encuentro con los obispos del Sur, zona
en donde él vivió. El obispo de Fukuoka dijo “No sé si debamos
participar en esta celebración dado que Francisco Xavier sólo estuvo
de paso por Fukuoka y lo único que hizo allá fue discutir con un
monje budista.” Precisamente esa disputa nos muestra algo muy
interesante. Xavier fue a reprimir al monje budista debido a que
este último no estaba siendo un buen ejemplo para sus fieles. No fue
a convencerlo para que se convirtiera al cristianismo, sino a
decirle: “Mira, tu estás aquí para ayudar a la gente y no lo estás
haciendo porque tu modo de vida no es ejemplo, y eso no ayuda a tu
gente a ser mejores personas.” Ahí se puede apreciar cómo Francisco
Xavier tenía una gran percepción de cómo Dios trabaja a través de
las otras personas. Incluso en un monje budista, por ejemplo,
ayudando a sus discípulos a ser mejores fieles.
Considerando su experiencia en Asia, ¿tiene en mente algunas
formas concretas para lograr unir más, dentro de la Compañía de
Jesús, al Oriente y al Occidente? ¿es esto una de sus tareas o
proyectos?
Yo no lo
expresaría con esas palabras, no diría que mi tarea es unir al
Occidente y al Oriente, pero creo que puedo facilitar algo que es
básico para provocar un cambio de cualquier tipo: el encuentro. Al
conocer a gente diferente, y conocerla en profundidad, comienza a
producirse una transformación. Mi esperanza es poder ayudar a la
Compañía a tener este encuentro, comenzando con los Jesuitas en la
Congregación General. Quisiera que nos acercáramos sin barreras, sin
prejuicios, para que conocernos los unos a los otros. De esta manera
podremos apreciar lo que el otro nos puede aportar.
Esta es la mejor
forma para el unir al Oriente y al Occidente. Una propuesta
académica nos puede ayudar a poner las bases, nos da los términos
teóricos, pero son los encuentros personales los que hacen la
diferencia. Creo que esto se aplica tanto en nuestros apostolados
sociales, espacios interculturales, o en la misma espiritualidad.
Aunque estará esperando a que la Congregación General indique
las prioridades de la Compañía, ¿hay algunos lugares del mundo que
le gustaría visitar en un futuro no muy lejano, como nuevo Superior
General?
Alguien podría
decir de mi: “¡Este hombre es un verdadero ignorante!” Hay muchas
cosas que desconozco sobre la Compañía y sobre el mundo. Si usted me
pregunta que zonas me gustaría visitar, creo que África sería la
primera que me vendría a la mente. Nunca he estado allí, y no es
sólo una región del mundo, ¡es en sí todo un mundo! Por eso, creo
que debería saber mucho más sobre ese continente. Tengo la intención
de visitar África en la primera oportunidad que tenga.
Después
Latinoamérica. He hecho ya varios viajes relámpago porque teníamos
algunos compañeros de Japón por allí, pero sólo he visitado Lima,
Bogotá, México DF y Buenos Aires. No creo que esta sea forma de
conocer Latinoamérica, así que tengo intención de visitarla pronto.
Y seguidamente, Europa del Este. Estas son las tres partes del mundo
que menos conozco.
Después me
gustaría también visitar un poco más la India. He estado allí tres
veces, pero estamos en lo mismo, la India es inmensa. Y por último,
déjenme añadir algo, quizás por la lejanía que he tenido en todos
estos años, creo también que debería aprender un poco más sobre
España.
Para cualquier
sitio que mire, tengo mucho que aprender. Y ahora ya no puedo decir:
“Tengo una idea general”; tengo que profundizar en la realidad de
tal manera que al menos no cometa grandes errores por
desconocimiento.
Sobre mi futuro
como General, no sabría que contestarles. Me siento muy limitado
para este puesto, ignorante en muchas cosas, y siento que lo primero
que tengo que hacer es aprender, aprender mucho más. Lo cual está
bien: Esta fue la primera experiencia que tuve cuando fui enviado al
Instituto de Pastoral (en Filipinas). Estaba en Japón y de repente
me enviaron a Manila a ser el Director de aquel instituto, al
servicio de todo Asia. Lo primero que sentí es que no estaba bien
preparado para aquel cargo, pero entonces me di cuenta que esa era
mi gran ventaja. Como no sabía, pude escuchar. Cuando uno pasa mucho
tiempo en un lugar, cree conocerlo todo y deja de escuchar. Cuando
uno conoce las palabras y éstas son siempre las mismas, cree que ya
las conoce de antemano… pero tiene que darse cuenta que la música es
diferente: Las palabras son las mismas pero la música ha cambiado; y
escuchar la música es tan importante como escuchar las palabras.
Podría ser una conclusión muy buena, pero ¿hay algo más que le
gustaría decir, al inicio de su cargo/servicio como Superior General
de los Jesuitas?
Creo que he dicho
prácticamente lo que quería decir. Si añado algo más sería que, para
todo, sea espiritualidad, apostolado social, o el campo que sea,
creo que no hay ningún atajo. Siempre hay un largo camino por
recorrer: el cambio real y el verdadero conocimiento vienen a través
de un largo proceso, y el primer paso tiene que ver con el contacto,
el contacto con las personas, el contacto con las situaciones.
El Padre Arrupe
insistió mucho en la inserción, en el contacto con la gente. Incluso
en la curia romana, tenían las “horas Arrupe”, tiempo que los
miembros que trabajaban allí debían pasarlo conociendo a gente y no
cada uno en sus cosas. Creo que esto es fundamental. Sino conocemos
a la gente podemos ser muy teóricos, podemos gastar muchas energías
y tiempo con discusiones teóricas y como suele ocurrir en estas
situaciones acabar discutiendo los unos con los otros, ¿no es
verdad?
Pero, la realidad
no está ahí; la realidad está en cómo la gente se las apaña para
vivir, para ganarse la vida, para mantener vivo su amor y
profundizar en él, cómo construyen y sacan adelante a la familia,
sus relaciones. Esto es algo que me gustaría tener en cuenta cuando
pienso en mis nuevas responsabilidades. La teoría es buena para
aglutinar la experiencia, pero si no hay experiencia, entonces la
teoría se desvirtúa.
Muchas gracias, Padre Nicolás.

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