Lecturas para Ejercicios Espirituales |
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LA ENCARNACION Por: Pedro Arrupe S.J.
Contemplar el mundo con los ojos de Dios En mi habitación tengo una fotografía de la tierra tomada durante un vuelo espacial. Me la ha regalado el astronauta Lowell. Tiene una increíble nitidez de contornos y me recuerda a menudo que necesitamos ambas cosas. Necesitamos una visión clara de los problemas locales y necesitamos así mismo encuadrar estos problemas en una visión universal. Estoy convencido de que sólo esta visión tiene realmente futuro.
No podemos pasar por alto un hecho, y quisiera referirme a él con toda claridad: para cientos de millones de católicos en nuestro mundo de hoy, la auténtica crisis de fe no es el materialismo ni la reflexión teológica mal asimilada, sino la miseria brutal de la vida. Dicho con otras palabras: al Tercer Mundo le es extremadamente difícil tomarse en serio una Buena Nueva, que hasta hoy no ha conseguido alegrar de algún modo la siempre penosa existencia de esta gente.
Millones de hombres se encuentran durante años bajo el terror de la guerra: cientos de millones viven en una pobreza y una miseria inimaginables, mientras otros sufren en una sociedad opresiva. Hay personas que se convierten en ciudadanos de segunda clase por el color de su piel y a otras se les niega el paso a una educación superior. Hace poco me decía un político latinoamericano: “Aquí vivimos sobre un volcán que en cualquier momento puede explotar”.
A este mundo ha de proclamar la Iglesia de Dios su mensaje liberador. ¿Cómo podría hacerlo de otro modo sino entrando en el problema básico de la sociedad actual, es decir, preocupándose por el hombre? Pese a sus indiscutibles grandes esfuerzos, a menudo heroicos, en el terreno de la caridad, su posición de partida no es especialmente favorable.
Hace un año, durante la celebración de la Eucaristía en Latinoamérica, hablaba en la barraca de una parroquia de suburbios y ante personas que tenían una casa aún más pobre. Sigo manteniendo hoy todavía lo que dije entonces: “Tan cerca de nosotros no había estado el Señor, acaso nunca, ya que nunca habíamos estado tan inseguros”. (El futuro de la Iglesia – 10.09.70)
Encarnación y misión El jesuita debe mirar con amor a ese mundo, al cual es enviado; debe mirarlo con los ojos y la luz propios de su carisma; con los ojos de aquel amor a los hombres y a las demás creaturas, amor que ‘proviene de la divina y suma Bondad”, por la cual se siente enviado, como compañero del Verbo, y de la cual desciende ese amor y se extiende a todos los prójimos (cfr. Const. 671); con los ojos de un amor universal, “que abrace todas maneras de personas” (Const. 163), “aunque entre sí sean contrarias” (Const. 823), y sepa servir sin ofenderles, “pues es de nuestro Instituto, sin ofensión de nadie, en cuanto se pueda, servir a todos en el Señor” (Const. 593).
Ante la profundidad y la universalidad de este campo, en el que se realizará su misión, el jesuita siente profundamente lo que significa aquel “más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente encarnado” [EE 109], Verbo de Dios, hecho hombre. Misión y encarnación son inseparables. (La misión apostólica, clave del carisma ignaciano – 07.09.74)
La total disponibilidad del jesuita, no sólo respecto al superior en una relación de obediencia y aceptación de misión, sino también hacia los hermanos, se basa en ese ideal trinitario por el que las personas divinas se comunican plenamente, se aceptan plenamente, se enriquecen plenamente. Sentirme en el otro, sentir al otro en mi, aceptarlo y ser aceptado... es un ideal de perfección, sobre todo sabiendo que el otro es morada de Dios, que Cristo está en él, que sufre y ama en él y que me espera en él. Un apostolado concebido en esta óptica es de una pureza sin límites, de una generosidad absoluta. Es la plenitud de la fuerza bautismal comunicada por la gracia que nos vinculó a la Trinidad y a la comunidad de todos los hombres, igualmente creados y redimidos por Dios y destinados a participar de su vida divina. (Inspiración trinitaria del carisma ignaciano – 08.02.80)
Inculturación: diálogo entre el Verbo y los hombresEl hecho histórico de la Encarnación sucedió una vez y es irrepetible. Pero la revelación de sus inagotables riquezas, a lo largo de la historia, ha sido, es y será incesante. El Verbo sigue siendo acogido en nuevas “encarnaciones” de la fe, bajo la acción del Espíritu que es principio tanto de la unidad como de la diversidad en la Iglesia.
Una fe que no se encarna en una cultura no es camino de vida. Y si se queda encerrada en una cultura, sufre las limitaciones de ésta. Fe y cultura se emulan mutuamente: la fe purifica a la cultura de cuanto es contrario al Espíritu, y la enriquece. Y la cultura purifica y enriquece la expresión de la fe en el sentido que el continuo diálogo la renueva y actualiza constantemente haciéndola trascender los límites de una particular cultura.
El cristiano que entra en diálogo con otras culturas -y más aún si el diálogo es con otras religiones- sabe que el mismo Espíritu a quien él debe su experiencia de Dios en Jesucristo, ha podido obrar también las experiencias religiosas de sus interlocutores. (Aspectos y tensiones de la inculturación - 15.03.78)
En la vida de todo religioso se ha producido y continúa produciéndose un acontecimiento semejante al de los viejos profetas: una intervención protagonizada por Dios de modo personal, personalizada, y por lo mismo singulizadora, posesiva, comprometedora en cuanto comunica, a escala humana, el propio compromiso de Dios con el mundo.
La integración del religioso en el mundo no es, por tanto, secularizarse perdiendo el buen olor de Cristo (2Cor 2, 15), antes al contrario transmitir ese aroma de Cristo para convertir el mundo a Cristo, para cristificarlo. Como la sal se disuelve en el agua, comunicándole su sabor, sin perder su naturaleza que es posible recuperar haciéndola cristalizar de nuevo, así el religioso, al comunicar a Cristo al mundo, desapareciendo en él, no debe perder su naturaleza y su identidad de consagrado y de enviado. (Nuevos desafíos de la experiencia religiosa – 12.04.77)
COLOQUIO CON MARÍA Tú, Madre, has sido la que influiste más en tu Hijo. Tú fuiste la única que comunicó al Verbo su cuerpo para ser encarnado. Tu mano, suave, llena de amor indecible, fue la que fue formando aquel hombre que había de llevar una vida de trabajador humilde, y que después de vivir pobremente la vida de vida de apóstol, se ofreció desnudo sobre el ara de un leño áspero, símbolo de la ignominia. Ayúdanos, Madre, y fórmanos como otro Jesús. Tú eres la que puede hacerlo de un modo muy especial: la mano de madre es insustituible: no se ha inventado, ni el hombre podrá inventar jamás con toda su técnica, ningún sustitutivo para la mano y el corazón de Madre. Te lo pido, Señora: “muestra que eres Madre”. ponme con tu Hijo y mi hermano mayor, Jesús”. (Coloquio sobre la pobreza - noviembre, 1972)
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