Lecturas para Ejercicios Espirituales |
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“VER A CRISTO NUESTRO SEÑOR. REY ETERNO” (Ejercicios, 95)
Títulos y Nombres de Cristo extraídos del Nuevo Testamento y de los Santos Padres Por: Carlos Cardó Franco S.J.
Jesucristo, Hijo de Dios vivo, amado del Padre, hermano nuestro.
Jesucristo, revelación plenaria y Palabra definitiva de Dios a los hombres. Insospechable cercanía de Dios. Dios con nosotros, Emmanuel.
Jesucristo, esperado de las naciones. Sí de las promesas de Dios, Amén y sello final de su alianza con nosotros. Imagen del Dios invisible y futuro de la humanidad. Primogénito de toda criatura, por quien y para quien fueron hechas todas las cosas. Principio y Fin, Alfa y Omega. Rey del mundo nuevo, arcana y suprema razón de la historia y de nuestro destino personal.
Jesucristo, de nuestra misma carne, nacido de mujer, sometido a la humana condición. Exaltado y coronado de gloria, puesto a la cabeza de la nueva humanidad.
Jesucristo, poseedor de todo poder en el cielo y en la tierra. Mediador y puente entre el tiempo y la eternidad, el espacio y la infinitud.
Jesucristo, redentor de los hombres, que adquiere con el precio de su sangre, de entre toda raza, pueblo y nación, un reino de sacerdotes que reinan eternamente.
Jesucristo, centro de la historia del universo, que nos conoce por nuestro propio nombre, nos ama tal como somos y es amigo de nuestra vida.
En Él apreciamos la longitud y anchura, altura y profundidad del amor fiel y gratuito de Dios a nosotros. Es el amor mismo encarnado, la Bondad aparecida entre nosotros. Al verlo vemos a Dios y el lugar don de estará su servidor. Es la Luz, el Camino, la Verdad y la Vida. Es el pan y la fuente de agua viva que sacia toda hambre y toda sed. Es la semilla y el sembrador, el anuncio y la realización de la Buena Noticia.
Jesucristo, es el Hombre libre y el liberador, que hace a los oprimidos participar de su gloriosa libertad.
Jesucristo, el que nos amó hasta el extremo. Es el Testigo fiel y piedra fundamental de nuestra fe. Es el que esperó sin quedar defraudado y Aquel a quien se dirige nuestra esperanza.
Jesucristo, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre y humillado, sujeto al trabajo, oprimido y no violento. Por nosotros habló palabras de vida eterna y obró signos a favor de los enfermos, hambrientos y pecadores. Fue manso y humilde de corazón y fue señal de contradicción. Pacífico y veraz. Intachable en su coherencia al predicar y al obrar, y capaz de compartir su pan con todos. Él trae la paz que el mundo no puede dar y trae también en su mano la espada; reúne a los dispersos y hace que por su causa se dividan aun los parientes. Pasó haciendo el bien y fue tenido y estimado por loco. Vencido por el mundo, es el Vencedor del mundo.
Jesucristo, Rey eterno y Señor universal. Instituyó un reino en el que los pobres son dichosos, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos. Jesucristo, es digno de ser alabado siempre y es la alabanza de la gloria. Es el templo vivo del culto nuevo en espíritu y en verdad.
Jesucristo, no es sólo el más ilustre de los sabios, sino la sabiduría misma que brota del Altísimo; no es sólo el mayor de los profetas, sino el anunciado y realizador del anuncio; no es un hombre divinizado, sino el Hijo del hombre por antonomasia, por ser el Hijo de Dios, Dios hecho hombre, y el Hijo de María, bendita entre las mujeres.
Jesucristo, poder de Dios y debilidad de Dios crucificado. Plenitud que no cesa de crecer en su Cuerpo, cuyos miembros somos nosotros.
Jesucristo, de Nazaret, Galilea y Judea, de Jerusalén y del Calvario. El hijo del carpintero y el Señor de Israel. El Mesías esperado, el Siervo rechazado. Maestro bueno, en cuyo pecho puede el discípulo reclinar la cabeza y a quien se le puede abandonar en el momento de la prueba. Crucificado por nuestros pecados, destruyó la muerte con su resurrección.
Vive en nosotros por el Espíritu Santo y vivimos por Él.
Íntimo a nosotros más que nuestra propia intimidad y, a la vez, infinitamente distante, absolutamente Otro y cada vez mayor.
Él es la meta a la que nos lanzamos sin cesar y el que nos da alcance sin cesar en la carrera.
Jesucristo, el gran Corazón abierto y siempre infinitamente secreto.
Jesucristo, a quien amamos sin haberlo visto, en quien creemos aunque de momento no podamos verlo, es quien nos hace rebozar de una alegría inefable y gloriosa.
Vendrá ciertamente de nuevo como el lucero que despunta en la mañana, y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra eterna felicidad.
Jesucristo, ante cuya Persona adorable las palabras enmudecen muy pronto y sólo el corazón es capaz de entonar un himno de silencio.
¡Cómo poder nombrarlo! |