Lecturas para Ejercicios Espirituales

EL  LLAMADO  DEL  REY

Por: Pedro Arrupe S.J.

 

Ante el mundo de hoy

Ante el mundo de hoy, el enviado del Evangelio -el apóstol- está completamente inerme. En el plano de los valores humanos -civilización, cultura, técnica, educación, arte, asistencia, etc.- no lleva nada que el mundo al que es enviado no posea ya, y en un grado mucho más elevado que el suyo, mientras que la única cosa que es específicamente suya -el anuncio de la venida del Reino de Dios en Cristo Señor- es para aquel mundo algo que no tiene valor.

 

En ninguna época, más que en la actual, el Evangelio ha debido recurrir exclusivamente a la sola fuerza del Evangelio mismo, que es “fuerza de Dios” (Rom 1,16). El milagro de la evangelización está condicionado por la experiencia agudamente sentida por los apóstoles de esta total desnudez e impotencia. (Experiencia cristiana y mundo moderno - 30.12.66)

 

No tengo miedo al mundo nuevo que surge. Temo más bien que los jesuitas tengan poco o nada que ofrecer a este mundo, poco que decir o hacer, que pueda justificar nuestra existencia como jesuitas. Me espanta que podamos dar respuestas de ayer a los problemas de mañana. No pretendemos defender nuestras equivocaciones; pero tampoco queremos cometer la mayor de todas: la de esperar con los brazos cruzados y no hacer nada por miedo a equivocarnos. (Carta a  jesuitas de Latinoamérica)

 

Ignacio siente por Cristo un atractivo total y busca en él la razón de ser y modelo de su obra.  Con férrea lógica cumple en sí mismo el triple paso que señala en los Ejercicios: conocerle, para amarle y seguirle. Ignacio, en lo grande y en lo pequeño, ha sido siempre constante en aquel amor que, en los albores de su conversión, le hizo desear conocer -al precio de peligros y penalidades hoy difícilmente apreciables- cuanto en la tierra queda de más cercano y evocador de la persona de Cristo: los Santos Lugares.  Su personal modo de proceder, y el modo de proceder que quiso para su Compañía, no son más que esto: la perfecta imitación de Cristo. (El modo nuestro de proceder - 18.01.79)

 

 

La llamada

El amor a Jesucristo: el Rey Eternal de los Ejercicios, el Hijo de Dios encarnado, al que debemos todos un amor personal, clave de nuestra espiritualidad. Nuestra satisfacción más honda y el origen de todas las demás satisfacciones es sentir que Jesucristo es el centro de nuestra vida y nuestro ideal. Ese Jesucristo, que me ha llamado y me envía, el que me da su Espíritu, el que me alimenta con su carne, el que me espera en el tabernáculo, el que me muestra su Corazón traspasado como centro y símbolo de su amor, el que se identifica con los que sufren hambre y desnudez, con todos los marginados del mundo... Ese Jesucristo que me sale al encuentro en tantas ocasiones de alegría y de dolor, como un amigo íntimo, que me espera, me llama y conversa conmigo: “el Maestro está ahí y te llama”. Ese Jesucristo, que dijo a San Ignacio en La Storta: “quiero que tu nos sirvas”. Sin ese amor a Jesucristo, la Compañía no será ya la que fundó san Ignacio, la de Jesús. (En sus bodas de oro a la Compañía - 15.01.77)

 

 

La respuesta

Del concepto que nos hayamos hecho de Cristo depende totalmente nuestra relación con Dios y nuestra relación cristiana con el hombre y el universo. Por eso es de trascendental importancia la respuesta que cada uno de nosotros da en su interior a la pregunta que él hizo un día a los que estaban para seguirle: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?” (Mt 16,15). Toda la historia de la Iglesia, todo el presente de la Iglesia, todo el futuro del Reino, está pendiente de la respuesta que demos colectiva e individualmente... Cristo es el Dios entre los hombres, y es el Hijo del Hombre ante Dios. Es el sacramento de Dios en el mundo, y por eso es nuestra justificación. Es el Verbo que viene del Padre y a él vuelve, y por es la clave de toda la creación. Su encarnación y su revelación han hecho posible que podamos tener respuesta a la pregunta quién dicen que soy yo. (El corazón de Cristo, centro del misterio cristiano - enero, 1980)

 

 

Vocación cristiana: servir y reinar

Nuestra condición cristiana es una vocación al Reino, es una dignidad real, porque nos hace participar de la realeza suprema de Cristo “cabeza de todo principado y de toda potestad” (Col 2,10). Pero la historia se repite: no es un Reino como el que los discípulos y aun nosotros imaginamos. Después de 2000 años seguimos pensando en un reino de poder, de elementos visibles. ¿Tenemos claro el concepto? Y en cuanto a nuestra manera de acceder al Reino no puede ser distinta de cómo accedió Cristo.

 

Cristo nos sorprende estableciendo un nexo condicional entre reino y donación de sí. En las parábolas de ‘crecimiento’ del Reino (semilla, grano de mostaza, levadura, cizaña, pesca, grano que muere) hay un espacio entre la inauguración del reino y su realización perfecta. Un espacio en que el sufrimiento, la donación de si mismo y el servicio, tienen el valor de condiciones.

 

Ese es el sentido de la ‘violencia’ que sufre en Reino de Dios: hay que vencer el egoísmo, hay que hacerse fuerza para renunciar a la obsesión de poder, hay que luchar por derrocar el orden que ha pervertido la moral inicial y el sereno dominio del hombre sobre la creación. El recto orden en el uso de las cosas y en las relaciones de coherederos del reino escatológico será la condición para el acceso al reino que nos está preparado “desde la creación del mundo” (Mt 25, 34) y de él quedarán excluidos quienes hayan negado comida, bebida, refugio, vestido y calor humano a los compañeros de herencia.

 

Este mismo Cristo que anuncia el reino y que acabará siendo crucificado “por hacerse rey” (Mc 15,26) ha insistido en que sólo se reina sirviendo. Servir, en primer lugar, a Dios. El es el prototipo del siervo de Yahvéh que acepta la voluntad del Padre y la cumple por obediencia con sentimientos de absoluta reverencia. Y servicio también a los hombres, entre los que se sitúa “como el que sirve” (Lc 22,27) aun siendo señor y maestro. Proclama que “no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28; Flp 2,7) y hace de la propia muerte el supremo acto de servicio (Mc 10,45).

 

“Servir”, en todo el Nuevo Testamento y en el ejemplo mismo de Jesús, es dar, es darse. Es hacerse a disposición de los demás aportando el afecto, la ‘empatía’ que hace participar en sus sentimientos y comunica los propios. Y es dar lo que se tiene, es compartir. Es ese sentido, el servicio afecta a todo el hombre, a todo hombre y a todo cuanto posee el hombre.(Misión de la Iglesia: al servicio del Reino – 22.08.80)

 

 

OBLACIÓN

 

¡Señor, aquí nos tienes postrados a tus pies,

en el mismo lugar en que Javier, con el corazón despedazado

pero lleno de confianza, también se postrara!

¡Señor: queremos que desde hoy esta incipiente Misión

sea de un modo especial la Misión de tu Corazón!

Por eso hoy, desde lo más íntimo de nuestra alma,

te la entregamos por completo.

 

¡Oh Rey eterno y Señor universal!

Tú que “escoges a los débiles de este mundo para confundir a los fuertes”,

aquí tienes a los más débiles de los misioneros

tratando de conquistar para Ti esta región,

cuyas dificultades hicieron encanecer al mismo Javier.

 

Convencidos de la inutilidad de todos los medios humanos

y sintiendo la escasa eficacia de todos los medios humanos

en este país que Tú quieres encomendarnos,

no encontramos más recursos que Tus promesas.

 

Confiamos, Señor, ciegamente en tu palabra: “A los que propaguen

la devoción a mi Corazón, daré eficacia extraordinaria a sus trabajos”.

Puesto que necesitamos esa fuerza extraordinaria,

te prometemos hoy ser verdaderos apóstoles de tu Corazón,

llevando una vida perfecta de amor y reparación.

 

Concédenos, Señor, la gracia de que, despareciendo nosotros por completo,

esta Misión sea pronto el argumento fehaciente de la realidad

y eficacia de tus promesas.

 

Nosotros, en cambio, ante la Divina Majestad,

por medio de la Inmaculada Virgen María, del San Patriarca San José,

de N.P.S.Ignacio, del primer misionero de Yamaguchi San Francisco Javier,

de todos los Santos Apóstoles y Mártires del Japón,

te prometemos con tu favor y ayuda

consumir todas nuestras energías y nuestras vidas por este único ideal:

que todas las almas que Tú nos has encomendado y todo el mundo

conozcan las riquezas insondables de tu Corazón y se abrasen en tu amor.

(Consagración de la Parroquia de Yamaguchi al Corazón de Cristo – 1940)

 

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