Lecturas para Ejercicios Espirituales

ORACIÓN

 

 Creo en el Espíritu Santo.

Creo que él puede desmontar mis prejuicios.

Creo que él puede cambiar mis hábitos.

Creo que él puede superar mi falta de interés.

Creo que él me puede dar fantasía para amar.

Creo que él me puede poner sobre aviso frente al mal.

Creo que él me puede dar valentía para hacer lo que es bueno.

Creo que él me puede inspirar amor a la palabra de Dios.

Creo que ;el me puede dar un hermano, una hermana que me acompañan en mi caminar.

Creo que él puede penetrar y transformar todo mi ser.

(K. Rahner.)

 

 

PLEGARIA A NUESTRA SEÑORA DEL TERCER MUNDO

 

Hermana peregrina de los pobres de Yahvé,

Profetisa de los pueblos liberados.

Madre del Tercer Mundo.

Madre de todos los hombres de este mundo único

porque eres la Madre de Dios hecho hombre.

 

Con todos los que creen en Cristo

y con todos aquellos que

de algún modo buscan Su Reino,

te llamamos a ti, Madre.

Para que hables por todos nosotros.

 

Pídele, a El que se hizo Pobre

para comunicarnos las riquezas de su Amor,

que su Iglesia se despoje, sin subterfugios,

de toda otra riqueza.

A El que murió en la cruz para salvar a los hombres

pídele que sus discípulos

sepamos vivir, desvivirnos y morir

por la total liberación de nuestros hermanos.

Pídele que nos devore

el hambre y la se de aquella Justicia

que despoja y redime.

 

A El que derribó el muro de la separación

pídele que cuantos llevamos el sello de su Nombre

busquemos efectivamente,

por encima de todo lo que divide,

aquella unidad -reclamada por El mismo en testamento-

y que sólo es posible dentro de la libertad de los hijos de Dios.

Pídele a El que vive Resucitado junto al Padre

que nos comunique la fuerza jubilosa de su Espíritu

para que sepamos vencer el egoísmo, la rutina y el miedo.

 

Señora aldeana y obrera,

nacida en una colonia

y martirizada por el legalismo y la hipocresía :

enséñanos a leer sinceramente el Evangelio de Jesús

y a traducirlo, en la vida,

con todas sus revolucionarias consecuencias :

a la luz de aquella Verdad que hace libres de toda esclavitud,

en el espíritu radical de las Bienaventuranzas

y al pleno riesgo del Amor que sabe dar la vida por aquellos que ama.

 

Por Jesucristo, tu Hijo,

el Hijo de Dios, nuestro hermano.

(Pedro Casaldáliga)

 

 

ORACIÓN

 

¿Qué sucedería si nuestras ansias estuvieran delante de Dios

 y no lo estuvieran nuestros gemidos?

¿Acaso esto es posible, siendo así que el gemido es la voz de nuestras ansias?

Por eso añade : “Y no se te ocultan mis gemidos”.

Para ti no están ocultos, para muchos hombres lo están.

A veces parecería que el humilde servidor de Dios dice :

“Y no se te ocultan mis gemidos”. Otras veces observamos

que sonríe ; ¿será acaso porque aquel deseo ha muerto en

su interior?. Si subsiste el deseo, también subsiste el gemido ;

no siempre llega a los oídos de los hombres,

pero nunca se aparta de los oídos de Dios.

(San Agustín)

 

 

 ORACIÓN

 

Señor, solo tú sabes

cómo mi vida puede andar bien.

 

Enséñame

en el silencio de tu presencia

cómo en el encuentro contigo,

en tu mirada

y en tu palabra

personas se han reconocido

como tu imagen y semejanza.

 

Ayúdame a dejar

lo que me impide

encontrarte y lo que me impide

dejarme tocar

por tu palabra.

 

 

“Señor, dije, allí sobre una rama hay un cuervo.

Reconozco que tu majestad no puede rebajarse a atender a quien te habla,

pero tengo necesidad de un signo.

Cuando acabe mi oración, haz que ese cuervo vuele.

Aquello será para mí como un signo,

una prueba de que no estoy completamente solo en el mundo....”

 

Fijé la mirada en el cuervo, pero éste no se movió de su rama.

“Señor, dije, tienes toda la razón.

Tu majestad no puede dignarse atender peticiones como ésta.

Si el cuervo hubiese echado a volar,

yo seguiría más triste aún porque un signo así sólo podría recibirlo de alguien como yo,

es decir de mí mismo.

Habría sido un mero reflejo de mi propio deseo.

Me habría vuelto a encontrar con mi propia soledad”.

 

Y después de haberme prosternado, me alejé.

A partir de ahí,

mi desesperación cedió paso a una serenidad tan singular como inesperada.

 (Antoine de Saint-Exupéry)

 

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